martes, 21 de enero de 2014

Bertrand Russell y la inmortalidad

En 1884 llegué Pembroke Lodge, para escapar del círculo ya conocido en donde mi aspecto empezaba a ser sospechoso.


Gracias a lady Russell, viuda de lord John Russell que me contrata como tutor y preceptor de su nieto, Bertrand que contaba con 12 años, hallé una nueva e interesante salida.

Bertrand tuvo unos primeros días de su vida muy complejos, ya que a los 6 años mueren su hermana y su madre de difteria seguidas por su padre que no pudo soportar las muertes.

Aunque éstos eran de mentalidad liberal, su abuela lady Russell, fue muy estricta de moral y de costumbres, tanto que fue grabando en el nieto el aislamiento, la timidez y la soledad.


Se trataba de un adolescente lleno de inquietudes, de analítica, de miles y miles de ideas que ambos fusionábamos en los jardines y en la biblioteca, lugares donde se sentía arropado y cómodo.

De todas formas no era posible completar su educación sin la gente adecuada, sobre todo de su edad, que lo soltara y pudiera compartir sin necesidad de esconder con el griego cantidad de reflexiones que se iban enriqueciendo con los años.

Mi misión se ceñía no sólo en el campo educativo sino en evitar la depresión y el retiro.

Fue un tiempo de gran aprendizaje para mí también, de estar en contacto con una mente inmejorable, que empezaba a plantearse todos los dilemas del futuro. Y que solía repetir: “Crecí acostumbrado a ampliar horizontes y una vista sin obstáculos de la puesta del sol.”

Una puesta de sol en los maravillosos jardines que compartí durante 6 años, ya que tampoco debía alargar más mi exposición.

Nunca le confié mi secreto ni él sospechó, quizás su mente tan analítica no podía penetrar, o no se permitía, en semejantes consideraciones.

Una vez lejos no dejé de seguir su trayectoria desde que dejó Pembroke Lodge e ingresó al Trinity College de Cambridge para estudiar matemáticas, así es como empieza a despuntar su genio y ya, de la mano de Whitehead es conducido a la sociedad de discusión intelectual Los Apóstoles, donde un grupo de jóvenes brillantes de Cambridge se reunían para discutir cualquier tema sin tabúes, en un ambiente intelectualmente estimulante y honesto.

Al fin, después de tantos años de soledad y represión, una parte de ellos compartida conmigo, Russell pudo expresar sus opiniones e ideas a una serie de jóvenes inteligentes que lo aceptaban con naturalidad y asombro.

Me hubiese gustado conocer a Alys Pearsall Smith, una chica algo mayor que él muy culta y bella con la que se casó nada más graduarse. Una unión tan importante para borrar a ese niño y adolescente solitario sin padres y un ambiente asfixiante.
También mantuvo siempre una gran amistad con George Moore con el cual todos los trabajos mantenían una gran fluidez.


Luego se casó tres veces más. Apenas pude mantener correspondencia, ya que sus viajes eran constantes, llenos de cambios, de perspectivas, de mundos diferentes que enriquecieron su visión, ampliando los puntos de vista y su necesidad de no encerrarse en un axioma. Esta inquietud lo llevó a EE.UU, a Alemania, a Rusia, a China.

Su vida también tuvo tropiezos cuando se declaró pacifista en la Primera Guerra Mundial, que le costó seis meses de cárcel.



Volví a acercarme a su vida ya agitada y popular. Le hice entrevistas, me mantuve muy cerca, ya que le recordaba a su antiguo profesor, del maduro y anciano que se fue haciendo inquieto, que se fue alejando del ostracismo primero que le dio los principios de su base ideológica; ese hombre, que después de la Segunda Guerra Mundial dedica su vida a la lucha contra la guerra nuclear, hecho que lo llevó nuevamente a ser encarcelado. Tenía 90 años.

Y lo que más me asombró fue su aspecto físico, donde sólo las arrugas iban haciendo acto de presencia, pero con una apariencia de tamaño y gestos sorpresivamente regulares.

Estaba presente cuando le dieron el Nobel y en su cuarto casamiento a los 80 años.
Varios periódicos guardan artículos que firmé con un nombre irrepetible y mi adiós a los 97 años a ese pensador que no sólo se dedicó a pensar.




Clic en la imagen

domingo, 29 de diciembre de 2013

Claude Chappe. Telégrafo. 25 de diciembre

El 21 estaba realizando un trabajo para la NASA cuando comenzaron los problemas de conexión. Me sentí como Marcia en uno de sus tantos arrebatos de rabia cada vez que su operadora la dejaba sin poder acceder a Internet.

Y recordé a una de las pocas personas que conocí nacida el 25 de diciembre, aparte de unos mellizos de 1979 y cuya importancia en la historia no está aún muy definida.

En 1793 había realizado un viaje a Paris, para conocer a los hermanos Chappe, de los cuales, uno de los más importantes, Claude, había nacido el 25 de diciembre de 1763.

Personajes muy curiosos, que se habían educado en hogar acomodado y donde ninguno trabajaba y que unidos llegaron a desarrollar un sistema práctico de estaciones telegráficas, una tarea tratada desde la antigüedad, aunque nunca antes realizada con éxito.

Un año antes de mi visita se enviaron con éxito los primeros mensajes entre París y Lille. En 1794 se informó a París, por vía telegráfica, de la captura de Condé-sur-l'Escaut (hasta entonces en poder de los austríacos), menos de una hora después del acontecimiento. Rápidamente se construyeron otras líneas, incluida la París–Toulon. El sistema, copiado ampliamente en otros países europeos, fue usado por Napoleón para coordinar el imperio y el ejército.


Es así como en 1793 se le concede a Claude, en Francia, el primer título mundial de ingeniero telegrafista como reconocimiento a sus trabajos: poner en funcionamiento casi 5000 kilómetros de estaciones repetidoras de signos gráficos y darles el nombre de telégrafo. Su telégrafo óptico triunfó en el campo militar, pero no se pudo afianzar en el comercial que es cuando se decide el uso del telégrafo eléctrico como nuevo medio de comunicación.

Estos acontecimientos sumados a los plagiadores de su telégrafo óptico, llevaron a Claude a una gran depresión; es así como en 1805 se suicida tirándose a un pozo de un hotel de París, sin haberse demostrado claramente la verdadera causa de su muerte.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Lewis Carroll. Enero de 1898. Alice in Wonderland


Ya en Guildford me recibió el circunspecto Hobson, tan exquisito como siempre. Recogió la liviana capa y el equipaje y me condujo a la reconfortante sala con un calor que no sentía pero que le agradecí al bueno de Hobson.

Me ofreció té, lo dejé ir para hacerme con el lugar y restablecer el vínculo nuevamente.
Saqué la carta de Lewis, buscando una lógica al nombre de Richard Wallace. Había estado investigando y no existía ningún rastro sobre él.

Cuando regresó Hobson con el té y las pastas, me comunicó el estado de Lewis, nada esperanzador. La fiebre no bajaba, la respiración acelerada y dificultosa y en estado delirante la mayor parte del tiempo.

No había pensado que su salud fuera tan delicada, hacía apenas un mes y medio que había enviado la carta.

Es muy importante que lo vea ya Señor, me dijo a continuación el mayordomo. Dejé el té y las pastas tal cual las había traído y le repliqué que por favor me condujera hacia él.

La habitación estaba en penumbra, la respiración lo abarcaba todo mezclada con las llamas y el calor.
Me acerqué, tenía los ojos cerrados y las manos al descubierto, delicadas y jóvenes, reposaban sin hacer caso al pecho conmocionado.

Cuando Hobson se retiró, lo llamé con tono débil: “Charles, ¿me oye?”
Abrió los ojos, se quedó con la mirada fija sin decir nada. Pensé en el ahogo. Pero de pronto una voz diferente a la suya volvió a repetir: Ayúdeme, Wallace me está calumniando.
¿Sobre las niñas? pregunté.

Wallace ha escrito que soy Jack el destripador. No pude reaccionar inmediatamente ante lo que estaba oyendo e intenté tranquilizarlo: Charles, he indagado y ese Wallace no existe, nadie ha escrita nada sobre usted.

Cerró los ojos y temí lo peor, pero con un hilo de voz siguió: Sí, existe, por eso lo he llamado a usted. Y ya, de forma entrecortada: tiene que avanzar en el tiempo.

Pensé que el delirio se había mezclado con su mente tan inventiva y  creado un mundo fantasma o que estaba confundiendo ciertas habladurías sobre una posible pederastia, nunca expuesta ni siquiera por el propio Henry Liddell, padre de Alicia.

De pronto algo cambió en él, hasta la respiración parecía mejorar; su mirada se hizo intensa y con una voz más potente:
He sido un niño infeliz, aunque en mis primeros años en  Daresbury todo era fácil. Pero algo teníamos. Todos mis hermanos al igual que yo eran tartamudos  y zurdos.

Hubo traslados, hasta que mi padre fue nombrado canónigo. Toda mi familia había pertenecido al ejército y a la iglesia. Después de una enfermedad quedé sordo de un oído. Y me trasladaron a esa fatídica Rugby School. Se detuvo.

Me quedé inmóvil no quería que ese momento se rompiera.

Vi que le surcaban unas lágrimas y repitió: tres años… tres… tanto… tan duro. Cuando me preguntaban era incapaz de contar las noches. Sólo decía “molestias nocturnas”. ¿Entiende eso? Asentí con la cabeza.
Si hubiese estado ... a salvo de la molestia nocturna, la dureza de la vida diurna se me hubiera hecho, en comparación, muchísimo más soportable.

Odio a los varones, a los niños y adolescentes varones… Por eso me refugié en las niñas y los cuentos para ellas. Nunca les hice daño, jamás abusé de ellas. Las fotos… verlas era la paz para mí. Me dieron siempre miedo los adultos, me hicieron daño… ¿Comprende?

Sólo atiné a decir un sí casi silencioso.

El profesor de matemáticas quiso destacar que yo era un genio que debía seguir con el estudio de ellas. Y ya Oxford fue mi salvación, mi refugio. Desde que pasó todo en la Rugby School, no he podido dormir por las noches, el insomnio me ha llevado a crear complejos  problemas matemáticos y escribir libros sobre ello.

Amaba la fotografía también que me dejaba elegir escenas, personajes. Y ya cuando conocí a las hermanas Liddell, mi vida cambió por completo: los cuentos… Permaneció como perdido y siguió:

Por favor sólo usted puede ayudarme a saber qué pasó…

Voy a hacer todo lo que pueda Charles, me voy a retirar ahora para “investigar” y le comunico lo antes posible. Espéreme ¿Sí?

Asintió y volvió al  mismo estado en que lo encontré.

No había sido el primer contacto con el futuro. Ya lo había rastreado en otras oportunidades, aunque sabía que no debía abusar, ya que era respetuoso con las dimensiones.

Es así como descubro que en el año 1996, Richard Wallace publica un libro: Jack the Ripper, en donde acusa a Lewis Carroll. Realiza un estudio sustentando su hipótesis en el carácter reprimido y la infancia traumática de Dodgson y en numerosos mensajes y anagramas que descubrió en sus obras “Alicia en el país de las Maravillas” y "Silvy y Bruno” que lo vinculan con la obra del autor. Todo en este libro huele a fraude, a la necesidad de este Wallace de crear su fama y vender el libro a costa de Carroll tal como sucedió con otros que siempre han usado personajes famosos o influyentes para llamar la atención.

 Tanto es así que Wallace no reparó en los anagramas de las historias de Alan Alexander Milne tan exactos con los acontecimientos y que curiosamente cuando se produjeron los asesinatos contaba con seis años.

Hice un viaje por los años sucesivos y prácticamente nadie o muy pocos conocían a Wallace y su libro. Ahora, todo es tan claro, el triunfo de Carroll y sus cuentos, los más leídos y famosos. ¿Quién no conoce, aunque no los hubiese leído, Alicia en el País de las Maravillas y A través del Espejo o lo que Alicia encontró allí.
Sólo algunos enfermos hicieron montajes con sus fotos, creando con Alicia algún que otro beso morboso.

Era de madrugada y no quise esperar más. Su familia estaba en el salón; me deslicé hasta su alcoba vacía. Aún seguía respirando como si necesitara todo el aire de Guildford.

Geoge, le dije acercándome a su oído sano, escúcheme por favor. Lo he visto todo, nadie le ha hecho caso a ese oportunista, tengo pruebas… Lentamente abrió los ojos, le mostré un escrito donde el libro era calificado de fraude por todos los expertos del tema. Y el vacío del caso en los años siguientes. No quise mostrarle un arreglo fotográfico por más falso que fuera ya que le reportaría mucho dolor.

Sonrió… extendió una mano hacia mí, le di la mía, la apretó con toda la fuerza que tenía. Y volvió al estado anterior.

Murió ese día; su sobrino, se había quedado con sus diarios. Recogí el equipaje y ya en casa volví a leer A Través del Espejo.

“Mientras Alicia está meditando sobre cómo debe ser el mundo al otro lado del espejo de su casa, se sorprende al comprobar que puede pasar a través de él y descubrir lo que ahí ocurre.”


La caza del Snark Clic


9 de diciembre de 1875
Querida Gertrude:
¿Sabes una cosa? Ya no se pueden enviar besos por correo: el paquete pesa tanto que resulta muy caro. Cuando el cartero me trajo tu última carta, me miró con aire severo y me dijo: «Tiene que pagar dos libras, señor. Exceso de peso». (Creo que me tima. Siempre me hace pagar dos libras cuando deberían ser dos peniques.) «¡Por favor, señor cartero». le dije hincando gentilmente una rodilla en tierra (tendrías que haberme visto arrodillándome delante de un cartero; es una imagen muy bonita), «perdóneme por esta vez! Es de una niña.» «¿De una niña?», gruñó, «¿y qué tienen de especial las niñas? «Que son de azúcar y canela», empecé a decir, «y de todo lo que…» Pero él me interrumpió: «¡No me refiero a esto! Quiero decir qué tienen de bueno las niñas que mandan cartas tan pesadas». «La verdad. no mucho, francamente», dije yo con tristeza.
«Procure no recibir más cartas como ésta», dijo él, «al menos, que no sean de esta niña. La conozco bien y es bastante mala.» ¿Verdad que no es cierto? No creo que te haya visto siquiera. Y tú no eres mala, ¿o sí? Con todo, le prometí que nos escribiríamos muy poco. «Sólo dos mil cuatrocientas setenta cartas», le dije. «¡Ah!», dijo él, «si son tan pocas no tiene importancia. Lo que yo quise decir es que no escribiesen “muchas”.»
Ya ves, a partir de ahora tendrás que llevar la cuenta y, cuando lleguemos a las dos mil cuatrocientos setenta, no nos escribiremos más, a menos que el cartero nos dé permiso. Tu querido amigo,
Lewis Carroll

(Conoció a Gertrude Chataway en 1875.)

Lewis Carroll, Charles Lutwidge Dodgson (Daresbury, Cheshire, 27 de enero de 1832 – Guildford, Surrey, 14 de enero de 1898)


lunes, 4 de noviembre de 2013

Elisabeth de Baviera, Sissi y Nené.

1898 era un año demasiado movido por la Guerra de EE.UU contra España para hacerse con sus colonias de Filipinas y Cuba que ya venía desarrollándose desde el anterior.

No había podido acudir a la Habana a pesar de que Mairin Valdez no dejaba de rogarme de que fuera a estar con ella. Frágil emocionalmente y gran bailarina, había que rescatarla siempre de audaces americanos con afán de conquista. Estaba aterrada ante las perspectivas de una invasión cada vez más cercana. En febrero recibí una foto increíble del Meine acompañada por otra de la bella Mairin que aún conservo. Ese motivo me llavó a Cuba en marzo.









En diciembre había recibido una misiva:

Querido amigo:
No sé si os habéis enterado del escándalo que ha estado provocando hace tiempo un tal R. Wallace. Os necesito, a pesar de que mi sobrino Stuart ha solucionado en parte los rumores, me gustaría que vos os encargarais de “hacer justicia”.
Confío en vuestro próximo acercamiento.
Lewis Carrol


Pero tuve que trasladarme a Ginebra el 23 para para celebrar el cumpleaños al día siguiente y pasar las fiestas con la Duquesa de Baviera, esa Sissi que el tiempo y la historia dejó como princesa de cuento.

Isabel, la de los pocos amantes, insatisfecha y siempre buscando emociones. Anoréxica, bulímica. Una personalidad que he visto repetirse en reinas consortes llegadas, aunque con alta alcurnia, de hogares campestres a casas reales estrictas y de componente fuerte materno.

Tuvimos tiempos felices, pocos entre tantas depresiones y ansiedades. No paraba, le rogaba después de cabalgar más de dos horas que descansara; desde las 5 de la mañana, una lucha infatigable por los deportes, la gimnasia, caminar horas interminables. Comer poco. Ese pelo hasta los tobillos, tan largo… Nunca pude comprender el significado

Hablábamos de muchas cosas, tantas. Como siempre lo más íntimo, lo que debe seguir a oscuras. Durante años borré sus palabras del pensamiento y guardé su imagen, tan bella.

Aquella alcoba en Corfú, una noche de madurez con Francisco lejos contoneando una cintura de avispa. Una vez y la luz mortecina con los cuerpos inmóviles. Sólo las voces y los miedos.


Estaba muy drogada y hablaba de tiempos sin acabar. La acomodé en el lecho donde seguía la historia que la identificaría siempre con cortes y espacios que hacía tanto sabía rellenar.
Acerqué el sillón, me pidió la mano. Me dijo, no hables; quiero que me escuches, que me saques de aquí. Secuestra a mis niños, mata a esa arpía… La voz se iba apagando con las manos apretadas, apenas sentía el pulso y la tragedia en su interior. No podía matar, aunque la sangre se alborotó ante la perspectiva de acabar con Sofía. No pudo ser, cuando clareaba me incorporé, la miré con cierta culpa y le di la espada.

Guardé para siempre una gran colección de poesías donde buscaba una respuesta y solución al destino en una elipse. Las demás fueron escondidas en Suiza y firmaba con el pseudónimo de Carmen Sylva:

"Sentada en la orilla, demasiado tiempo estuve mirando. / El murmullo de las verdes aguas era fascinante. / La tentación se me acercó, demasiado seductora, / obligándome a escuchar las mágicas palabras de las ninfas. // Y cada ola me murmuraba dulcemente: / Deja por fin que tu agotado cuerpo / Encuentre calma y reposo en nuestras aguas de jade, / Este instante liberará a tu alma. // La hora de la tentación ha terminado / Y, cobarde como un perro, regresé".

Teníamos en común el amor por los bosques y los paseos y luchábamos contra las trampas para los animales en aquellos tiempos de Munich cuando salíamos con Nené, una jovencita muy dulce, su hermana ya preparada para el matrimonio.

Con los años, y después del rechazo de Francisco José, me mantuve más pendiente a Nené, Elena, y su vida que en esos momentos alegres, el devenir era insospechable. Que esa mujercita de aspecto bastante varonil y a su vez frágil, pudiera soportar tanto dolor y tan tanta pérdida…

Cuando se casó con el bueno de Maximiliano y fueron naciendo los niños, los cuatro, todo prometía una vida feliz y a su gusto. Pero Maximiliano murió de una enfermedad que no pudieron combatir antes de los 36 años. Recuerdo ese día y su desesperación.
Después todo se iba desmoronando y tuvo que acceder al trono su hijo a los 21 años que muere por salud frágil, hereda su hijo menor que aún no había cumplido la mayoría. Parecía que su hija Isabel le iba a devolver algo de serenidad con una nieta, pero murió al poco tiempo de dar a luz a los 21 años. Todos estos hechos que le causan desesperación desembocan en locura.

Isabel, estuvo todo el tiempo con ella cuando su grave enfermedad y recuerdo que el funeral estuvo impregnado de un gran dolor esparcido hacia todos los habitantes de Ratisbona. Tenía 56 años.


Cuando Francisco se decidió por Isabel y no por Nené, por ese “algo” especial que tenía, entonces es cuando recibo letras tristes, dramáticas: "hace mucho tiempo que he muerto ya…" llegaba a decir. Pero salía la amazona y la libertad parecía apropiarse de ella. Aún el sufrimiento por sus hijos y esa suegra que se los arrebataba…

Su cumpleaños, 61 ya, y las fiestas fueron como en los últimos años después de la muerte de su primo Luis II y el suicidio de su hijo Rodolfo, vestida de negro, con la angustia y la hiperactividad mano a mano. Sin una sonrisa por la dentadura, con pánico a verse vieja. No pude tener el recuerdo de su cara, se negó a las fotos, igual que hacía casi 30 años.

No me miró ni una sola vez… No me dirigió la palabra. Alguien me dijo que seguía abusando de la morfina y la coca.

Esta es mi pintura predilecta, el recuerdo de aquellos años En Possenhofen cuando nos sentíamos libres.


Decidí tomarme unos días en Viena hasta el aviso sobre el estado de Carrol que había empeorado de la gripe en esos primeros y helados días de enero y tenía pulmonía.

Es así como me dirijo a Guildford

martes, 29 de octubre de 2013

1794. Sociedad de la luna llena. Erasmus Darwin

El 3 de marzo de 1794, me dirigí a Birmingham, Inglaterra, no sólo por la invitación de Darwin sino atraído por la necesidad de conocer la Sociedad Lunar que habían creado importantes intelectuales de la época. Y la llamaron así, porque festejaban las reuniones con luna llena, ya que las calles carecían de iluminación y de esa forma no tenían problemas al regresar a sus casas.


Esa noche se realizaba en casa de Erasmus Darwin (abuelo de Charles) un médico muy famoso, un investigador con trabajos de tanta importancia, en todos los aspectos y que acababa de publicar Zoonomia, un sistema de patología y un tratado sobre la «generación» en el que adelantaba las posturas evolucionistas de Jean-Baptiste Lamarck.

Fue el padre del evolucionismo.

Digamos que de todos el que más me interesaba en ese momento era él. Sentía la necesidad de saber qué pensaba de nuestra especie.

Me reuní después de la cena con él, James Watt, Matthew Boulton, William Murdoch, Josia Wedgwood, Joseph Priestley, Benjamin Flanklin y otros que desconocía hasta ese momento.

Una velada extraordinaria, con grandes cerebros, donde se trató especialmente sobre el libro de Erasmus, que causó sensación.

Cerca de medianoche, cuando ya se había distendido el ambiente y cada uno disfrutaba de las últimas copas, me quedé a solas con él.

No sabía cómo empezar… No hubo necesidad, su poder de observación era muy superior y fue directamente a lo que también a él le interesaba esa noche.

Sabía de mí. Y deseaba conocer mi naturaleza, la de los nuestros. Me dijo que había estado estudiando años sobre ello, saltando las leyendas y los libros de ficción.

Entonces le pregunté por qué se asociaron siempre los vampiros a los murciélagos.

Y me contestó de una forma muy simple:
Los murciélagos empezaron a morder y alimentarse de sangre humana también. Eso, a través de la evolución fue creando en un humano el mismo hábito que lo transformó en un ser humano diferente y que al mismo tiempo se fue percatando de que no variaba su fisiología y sin embargo en los demás sí. En un determinado momento cada vez que realizaba el acto con los colmillos, descubre que transforma al otro en lo que es él. Al principio, lo deja, pero al ser varios se dan cuenta de que no pueden seguir así, ya que ni cambiaban ni morían, un acto que paraba la evolución y mantenía la inmortalidad. De ahí que no les quedaba otra que matar. Pero por qué seguir mordiendo, porque así se fue haciendo su instinto, era una criatura que hacía eso, igual que todos en la cadena alimenticia...

Entonces Erasmus, ¿Por eso yo dejé de morder… y empecé a utilizar herramientas para extraer la sangre?

Sí, pero tu instinto es morder y si el amor o la pasión es grande te puede empujar como a los depredadores aunque sin el principio básico de matar. Matas para mantener el equilibrio natural. Para evitar la inmortalidad.

De pronto su rostro cambió, su mirada se hizo audaz con la luz que emiten los innovadores.

Tanto que no pude evitar preguntarle:
¿Qué quiere de mí? ¿Mi instinto? ¿Está intentando que se manifieste? ¿Cómo? No le amo, no me refiero sexualmente, que aunque no me atraen los hombre como a Ud, he admirado a tantos y los he amado hasta dar, ridículo lo sé, la vida por ellos. Pero morder es un acto de pasión, de atracción, de los instintos básicos. Una mujer…

¿Serías entonces incapaz de morderme? Inquirió.

Totalmente, a pesar de la fascinación que me produce su talento, su inteligencia, su capacidad de alumbrar.

Pues ya ves, hubiese querido, amigo mío, experimentar por mí mismo tu naturaleza, tu especie. Soy un visionario, un creador y me seduce tanto…

Pero si todo es evolución, amigo Erasmus, estamos en lo mismo: el infinito, la inmortalidad, creada por todo y no vivida por uno solo.

Mi especie no evoluciona sino hasta un punto y se detiene para siempre y debe actuar así viendo como los demás desaparecen. Cómo se asemeja al humano, permaneciendo un poco en cada generación. Porque estamos solos. Somos muy pocos y no tenemos sociedad propia ¿Lo ve…?

En ese momento entró Wright y Erasmus calló. Mi miró como si hubiese perdido una oportunidad de seguir estudiando otra especie a través de los siglos. Otras.

Pero era un científico y un poeta, un vividor, libre y hasta libertino. Un personaje único, un ser mortal creando para otros, para el avance natural, lento y paulatino.

Me sonrió y me dijo, tendremos que tallar otra piedra lunar para ti. Están pensadas nueve por ahora. Qué te representaría, dime.

Una nube, le respondí. Eso sería el recuerdo de este diálogo y la representación de sus primeros trabajos sobre ellas y sus movimientos.

Cuando salí de allí, la luna alumbraba las calles de Birmingham y mientras me acercaba a la posada “un aire bastante frío” me hizo apretar más el cuello alto de la capa. Parecía un humano, lo era ¿O no?

Cuatro años más tarde me llegó el regalo prometido, la piedra lunar esculpida con nubes. Nunca fue hallada esa décima piedra.

• Erasmus Darwin se anticipó a su nieto Charles Darwin al sentar las bases teóricas de la teoría de la evolución. Erasmus Darwin esbozó, por primera vez, una teoría de la evolución basada en la conjetura de que todos los seres vivos descienden, en última instancia, de un solo antepasado microscópico proveniente del mar. Ideas que quedaron plasmadas en dos de sus libros: “El Jardín Botánico” y ”Zoonomía” , sobre los que se tiene constancia que Charles leyó y dejó anotaciones en sus márgenes en algún momento después de su regreso del viaje en el “Beagle“, pero antes de la publicación de “El Origen de las Especies“.

• Todos estos datos sobre el abuelo de Darwin los podemos leer en el libro de Desmond King-Hele “Erasmus Darwin” . Una biografía publicada en inglés y que todavía no se entiende por qué no ha llegado a traducirse al español.

*Además fue el primero en explicar cómo se forman las nubes, y describir los frentes fríos y calientes, y su influencia en el clima, también fue el primero en defender el trazado de mapas del tiempo. Erasmus Darwin hace referencia al mecanismo de formación de las nubes en una carta de 1784 a Josiah Wedgwood, en lo que equivale a una descripción de la ley universal de la expansión adiabática de los gases. Según historiadores de la ciencia, sus descripciones de las capas superiores de la atmósfera no fueron superados hasta la década de 1950.

• Estudió medicina en las universidades de Cambridge y Edimburgo, esta última era considerada la más importante de las Islas Británicas, lugar donde adquirió el título de doctor en medicina en 1756.

Con los años, adquirió una gran reputación como médico pues trataba a los pobres gratuitamente y hacía visitas a domicilio de los ricos para ganar dinero. El Rey Jorge III le propuso ser su médico personal, pero declinó el ofrecimiento. Erasmus Darwin se convertiría en el médico más famoso del momento. Su trabajo de médico rural le dejó mucho tiempo para observar la naturaleza y experimentar con ella. En una época en la que Londres era un importante centro de poder y cultura, Darwin no se movió de provincia.


*En memoria de la Sociedad Lunar se erigieron en 1998 en Birmingham los Moonstones o Piedras de la Luna, nueve piedras talladas diseño de Steve Field y ejecutadas por Malcolm Sier y Michael Scheurmann en cada una de las cuales se representa a un miembro de la Sociedad y una fase de la Luna correspondiendo a James Watt la luna llena:
•Josiah Wedgwood: Retrato y tres mujeres en mármol jaspeado.
•Erasmus Darwin Retrato y diseño de molino de viento horizontal.
•Samuel Galton: Rueda de color.
•William Murdock: Locomotora de vapor.
•Matthew Boulton: Medalla con su retrato.
•James Watt: Retrato y máquina de vapor
•Joseph Priestley: Equipo de laboratorio.
•James Keir: Cristales.
•William Withering: Dedalera y texto de su libro An Account of the Foxglove and some of its Medical Uses