martes, 18 de septiembre de 2018

Bobby Fischer, la triste historia de un genio



Illinois, 9 de marzo de 1943 - Reikiavik , Islandia 17 de enero de 2008.

Supongo que nadie haya olvidado a Bobby Fischer, el ajedrecista que más cerca ha estado de la perfección.

Fue hijo de la enfermera suiza Regina Wender, inteligente y políglota, y del físico de origen alemán Hans-Gerhardt Fischer, aunque existe controversia respecto de si este último fue el padre biológico de Bobby, pues Regina y Hans-Gerhardt no vivían juntos desde 1939.​ Se considera casi seguro que su padre biológico fue el físico húngaro Paul Nemenyi, dotado de asombrosa inteligencia en matemáticas.

No hace falta que detalle la cantidad de campeonatos que ganó, hasta proclamarse campeón del mundo.

Parecía que Spassky retendría el título para el ajedrez soviético; pero Bobby Fischer venció en la tercera. La cuarta partida fue tablas y, desde la quinta, se impuso rotundamente el gran maestro estadounidense. Después de un tenso desarrollo, Fischer venció a su rival tras 21 partidas (Spassky abandonó por teléfono la última partida, que había quedado aplazada) y se coronó campeón mundial el 1 de septiembre de 1972.

Aunque creaba grandes circos. Tras superar la interminable lista de extravagancias y problemas generados por el norteamericano, que reclamó repetidas veces que se apagaran todas las cámaras para acabar con el imperceptible estruendo que provocaban las máquinas, la partida terminó con la victoria de Bobby Fischer, el cual se convirtió en un héroe nacional y un icono mediático. Pocos de los que entonces celebraron su genialidad, incluidas sus rarezas, podían imaginar que el gran maestro del ajedrez fuera acabar sus días viviendo en el ostracismo y odiado profundamente por EE.UU.

El año 2003 me atrajo acercarme a él ya que me resultó incomprensible, igual que para todo el mundo, que el momento culminante de su carrera al conquistar el campeonato mundial significase también su abrupto y completo final, pues nunca más quiso volver a jugar una sola partida de competición oficial a pesar de tener solamente 29 años.

Muchos pensaban que la única explicación plausible para esta actitud era un temor insuperable a ser derrotado, lo cual se suma a los diversos indicios de obsesión y desequilibrio mental que hasta entonces había padecido desde muy joven. Además de que al no volver a jugar frustró las expectativas de todos los aficionados y organizadores del mundo. Hay que observar que la única fuente de futuros ingresos de Bobby sería el ajedrez o estaría en estrecha relación con este. Yo me inclino más por su desequilibrio. Y es una pena que no haya sido estudiado a fondo.

No quiso defender su corona ante la joven estrella rusa Anatoly Karpov y, además, el estadounidense perdió una demanda del productor Chester Fox, por dos millones de dólares, por negarse a que se grabasen imágenes del encuentro de Islandia.

Fischer, que se había vuelto todavía más retraído tras su victoria, desapareció por completo de la vida pública y dejó de competir para siempre. Sin estudios ni experiencia más allá del juego del ajedrez, el gran maestro apareció muchos años después, en 1981, en Pasadena (California), involucrado en un incidente con la policía. El ajedrecista se negó a mostrar su identidad cuando un policía se lo pidió al encontrarle cierto parecido con un atracador en busca y captura.

Las autoridades le tuvieron 48 horas detenido, donde afirmó haber sido maltratado y humillado, dando origen al celebrado texto «Fui torturado en Pasadena», firmado por Robert James.

El incidente con la policía sacó a la luz que un desmejorado Fischer dedicaba su tiempo a pegar carteles antisemitas por los coches. Criado en una familia judía, el ajedrecista había desarrollado un violento y público antisemitismo –años después su guardaespaldas afirmó que siempre acompañaba la palabra judío de un insulto–, que posiblemente procedía de la mala relación con su madre o bien del proceso de aislamiento social derivado del trastorno de Asperger.

Su país dictó orden de busca y captura contra él en 1992 por haber jugado otro encuentro contra Borís Spaski en Sveti Stefan (Yugoslavia), país contra el cual Estados Unidos había decretado un bloqueo y más tarde revocó su pasaporte.

En julio de 2004, Fischer fue detenido en el aeropuerto Narita ―en Tokio (Japón)―, por intentar salir del país utilizando un pasaporte no válido.

Boris Spassky remitió una carta a George Bush en la que pedía el indulto, en donde decía: "Bobby es una personalidad trágica. Me di cuenta de ello desde que le conocí. Es honesto, de buena naturaleza y con un alto sentido de la justicia. Pero completamente antisocial. Es alguien que ha hecho prácticamente todo en contra de sí mismo"

Fue liberado ocho meses después y autorizado a viajar a Islandia, país que acababa de concederle la nacionalidad a pesar del malestar que ello generó en las autoridades de Estados Unidos.

Falleció en Islandia tres años después. A los 64 años.



Cuenta Stankovic, asistente y guardaespaldas de Fischer, que soportó bien los caprichos y manías del genio 24 horas al día, como su obsesión por los cortes de pelo y trajes perfectos, pero que sufrió («fue un desafío para mí», asegura) con el antisemitismo de Bobby, quien jamás pronunciaba la palabra judío sin anteponer el adjetivo «sucio».

Incluso le confesó que desde joven oía voces que le impedían dormir. ¿De quiénes? «De los malditos judíos». A pesar de ser hijo de judíos y comunistas. Los comunistas tampoco le parecían mejores, sobre su padre se negó a hablar y a su madre llegó a llamarla «zorra» por teléfono. De joven se avergonzaba de ella, aunque valoraba cuánto llegó a humillarse para conseguir dinero para él.

Los periodistas, por último, sólo eran unos seres deshonestos que querían hacerle daño y desconcentrarlo, para que no pudiera resurgir. Los peores, según Fischer, eran los del «Jew York Times», como él llamaba al gran diario estadounidense «The New York Times».

Además de obsesivo, Bobby era una persona extremadamente paranoica.

*****

Volví a acercarme años después a Islandia y no pude resistir semejante caída de un genio.


Sólo lo observé, él tenía la mirada perdida y nunca pude saber qué pasó realmente… Nunca hubo de parte de los profesionales respuestas claras psicológicas, sólo que padecía un problema renal degenerativo. Un problema de salud que tenía ya desde hacía varios años, pero que se agudizó el pasado mes de octubre. Fischer fue ingresado en un hospital y sólo pudo volver a casa siete semanas más tarde, a mediados de noviembre de 2007, cuando se encontraba en condiciones algo mejores. A mediados de enero volvió a ser ingresado por el deterioro de su estado de salud y resultó que tenía alto el nivel de creatinina en la sangre lo que causó su muerte el día 17 de enero de 2008.

Su paranoia final, el miedo terrible a la CIA.

Acompañado a veces por Miyoto Watai, su novia con sus cuentas bloqueadas, vivía de la caridad, recluido en un apartamento cercano a la bahia.

Fui a visitarlo al hospital y se negó a hablar.

Cuando recibió el alta en el hospital, los médicos le dieron unos cinco meses más de vida. Su novia Miyoko Watai se acercó desde Japón para pasar las Navidades con él. Volvió a Japón el 10 de enero, justamente antes del fallecimiento de Fischer. Miyoko, al llegar a Japón, prácticamente tuvo que coger el siguiente vuelo de vuelta para acudir al funeral.

Fischer vivía en el mismo edificio que su mejor amigo y portavoz, Garðar (Gardar) Sverrisson, cuya esposa Krisín por casualidad enfermera cuidaba del enfermo. Los dos hijos de Gardar, especialmente su hijo, eran muy amigos de Bobby. Fueron sus únicos amigos íntimos durante los últimos dos años de su vida.

Lo enterraron en secreto, sin ningún consentimiento oficial que luego trajo bastantes problemas. Pero ya para él había acabado todo.

martes, 21 de enero de 2014

Bertrand Russell y la inmortalidad

En 1884 llegué Pembroke Lodge, para escapar del círculo ya conocido en donde mi aspecto empezaba a ser sospechoso.


Gracias a lady Russell, viuda de lord John Russell que me contrata como tutor y preceptor de su nieto, Bertrand que contaba con 12 años, hallé una nueva e interesante salida.

Bertrand tuvo unos primeros días de su vida muy complejos, ya que a los 6 años mueren su hermana y su madre de difteria seguidas por su padre que no pudo soportar las muertes.

Aunque éstos eran de mentalidad liberal, su abuela lady Russell, fue muy estricta de moral y de costumbres, tanto que fue grabando en el nieto el aislamiento, la timidez y la soledad.


Se trataba de un adolescente lleno de inquietudes, de analítica, de miles y miles de ideas que ambos fusionábamos en los jardines y en la biblioteca, lugares donde se sentía arropado y cómodo.

De todas formas no era posible completar su educación sin la gente adecuada, sobre todo de su edad, que lo soltara y pudiera compartir sin necesidad de esconder con el griego cantidad de reflexiones que se iban enriqueciendo con los años.

Mi misión se ceñía no sólo en el campo educativo sino en evitar la depresión y el retiro.

Fue un tiempo de gran aprendizaje para mí también, de estar en contacto con una mente inmejorable, que empezaba a plantearse todos los dilemas del futuro. Y que solía repetir: “Crecí acostumbrado a ampliar horizontes y una vista sin obstáculos de la puesta del sol.”

Una puesta de sol en los maravillosos jardines que compartí durante 6 años, ya que tampoco debía alargar más mi exposición.

Nunca le confié mi secreto ni él sospechó, quizás su mente tan analítica no podía penetrar, o no se permitía, en semejantes consideraciones.

Una vez lejos no dejé de seguir su trayectoria desde que dejó Pembroke Lodge e ingresó al Trinity College de Cambridge para estudiar matemáticas, así es como empieza a despuntar su genio y ya, de la mano de Whitehead es conducido a la sociedad de discusión intelectual Los Apóstoles, donde un grupo de jóvenes brillantes de Cambridge se reunían para discutir cualquier tema sin tabúes, en un ambiente intelectualmente estimulante y honesto.

Al fin, después de tantos años de soledad y represión, una parte de ellos compartida conmigo, Russell pudo expresar sus opiniones e ideas a una serie de jóvenes inteligentes que lo aceptaban con naturalidad y asombro.

Me hubiese gustado conocer a Alys Pearsall Smith, una chica algo mayor que él muy culta y bella con la que se casó nada más graduarse. Una unión tan importante para borrar a ese niño y adolescente solitario sin padres y un ambiente asfixiante.
También mantuvo siempre una gran amistad con George Moore con el cual todos los trabajos mantenían una gran fluidez.


Luego se casó tres veces más. Apenas pude mantener correspondencia, ya que sus viajes eran constantes, llenos de cambios, de perspectivas, de mundos diferentes que enriquecieron su visión, ampliando los puntos de vista y su necesidad de no encerrarse en un axioma. Esta inquietud lo llevó a EE.UU, a Alemania, a Rusia, a China.

Su vida también tuvo tropiezos cuando se declaró pacifista en la Primera Guerra Mundial, que le costó seis meses de cárcel.



Volví a acercarme a su vida ya agitada y popular. Le hice entrevistas, me mantuve muy cerca, ya que le recordaba a su antiguo profesor, del maduro y anciano que se fue haciendo inquieto, que se fue alejando del ostracismo primero que le dio los principios de su base ideológica; ese hombre, que después de la Segunda Guerra Mundial dedica su vida a la lucha contra la guerra nuclear, hecho que lo llevó nuevamente a ser encarcelado. Tenía 90 años.

Y lo que más me asombró fue su aspecto físico, donde sólo las arrugas iban haciendo acto de presencia, pero con una apariencia de tamaño y gestos sorpresivamente regulares.

Estaba presente cuando le dieron el Nobel y en su cuarto casamiento a los 80 años.
Varios periódicos guardan artículos que firmé con un nombre irrepetible y mi adiós a los 97 años a ese pensador que no sólo se dedicó a pensar.




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domingo, 29 de diciembre de 2013

Claude Chappe. Telégrafo. 25 de diciembre

El 21 estaba realizando un trabajo para la NASA cuando comenzaron los problemas de conexión. Me sentí como Marcia en uno de sus tantos arrebatos de rabia cada vez que su operadora la dejaba sin poder acceder a Internet.

Y recordé a una de las pocas personas que conocí nacida el 25 de diciembre, aparte de unos mellizos de 1979 y cuya importancia en la historia no está aún muy definida.

En 1793 había realizado un viaje a Paris, para conocer a los hermanos Chappe, de los cuales, uno de los más importantes, Claude, había nacido el 25 de diciembre de 1763.

Personajes muy curiosos, que se habían educado en hogar acomodado y donde ninguno trabajaba y que unidos llegaron a desarrollar un sistema práctico de estaciones telegráficas, una tarea tratada desde la antigüedad, aunque nunca antes realizada con éxito.

Un año antes de mi visita se enviaron con éxito los primeros mensajes entre París y Lille. En 1794 se informó a París, por vía telegráfica, de la captura de Condé-sur-l'Escaut (hasta entonces en poder de los austríacos), menos de una hora después del acontecimiento. Rápidamente se construyeron otras líneas, incluida la París–Toulon. El sistema, copiado ampliamente en otros países europeos, fue usado por Napoleón para coordinar el imperio y el ejército.


Es así como en 1793 se le concede a Claude, en Francia, el primer título mundial de ingeniero telegrafista como reconocimiento a sus trabajos: poner en funcionamiento casi 5000 kilómetros de estaciones repetidoras de signos gráficos y darles el nombre de telégrafo. Su telégrafo óptico triunfó en el campo militar, pero no se pudo afianzar en el comercial que es cuando se decide el uso del telégrafo eléctrico como nuevo medio de comunicación.

Estos acontecimientos sumados a los plagiadores de su telégrafo óptico, llevaron a Claude a una gran depresión; es así como en 1805 se suicida tirándose a un pozo de un hotel de París, sin haberse demostrado claramente la verdadera causa de su muerte.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Lewis Carroll. Enero de 1898. Alice in Wonderland


Ya en Guildford me recibió el circunspecto Hobson, tan exquisito como siempre. Recogió la liviana capa y el equipaje y me condujo a la reconfortante sala con un calor que no sentía pero que le agradecí al bueno de Hobson.

Me ofreció té, lo dejé ir para hacerme con el lugar y restablecer el vínculo nuevamente.
Saqué la carta de Lewis, buscando una lógica al nombre de Richard Wallace. Había estado investigando y no existía ningún rastro sobre él.

Cuando regresó Hobson con el té y las pastas, me comunicó el estado de Lewis, nada esperanzador. La fiebre no bajaba, la respiración acelerada y dificultosa y en estado delirante la mayor parte del tiempo.

No había pensado que su salud fuera tan delicada, hacía apenas un mes y medio que había enviado la carta.

Es muy importante que lo vea ya Señor, me dijo a continuación el mayordomo. Dejé el té y las pastas tal cual las había traído y le repliqué que por favor me condujera hacia él.

La habitación estaba en penumbra, la respiración lo abarcaba todo mezclada con las llamas y el calor.
Me acerqué, tenía los ojos cerrados y las manos al descubierto, delicadas y jóvenes, reposaban sin hacer caso al pecho conmocionado.

Cuando Hobson se retiró, lo llamé con tono débil: “Charles, ¿me oye?”
Abrió los ojos, se quedó con la mirada fija sin decir nada. Pensé en el ahogo. Pero de pronto una voz diferente a la suya volvió a repetir: Ayúdeme, Wallace me está calumniando.
¿Sobre las niñas? pregunté.

Wallace ha escrito que soy Jack el destripador. No pude reaccionar inmediatamente ante lo que estaba oyendo e intenté tranquilizarlo: Charles, he indagado y ese Wallace no existe, nadie ha escrita nada sobre usted.

Cerró los ojos y temí lo peor, pero con un hilo de voz siguió: Sí, existe, por eso lo he llamado a usted. Y ya, de forma entrecortada: tiene que avanzar en el tiempo.

Pensé que el delirio se había mezclado con su mente tan inventiva y  creado un mundo fantasma o que estaba confundiendo ciertas habladurías sobre una posible pederastia, nunca expuesta ni siquiera por el propio Henry Liddell, padre de Alicia.

De pronto algo cambió en él, hasta la respiración parecía mejorar; su mirada se hizo intensa y con una voz más potente:
He sido un niño infeliz, aunque en mis primeros años en  Daresbury todo era fácil. Pero algo teníamos. Todos mis hermanos al igual que yo eran tartamudos  y zurdos.

Hubo traslados, hasta que mi padre fue nombrado canónigo. Toda mi familia había pertenecido al ejército y a la iglesia. Después de una enfermedad quedé sordo de un oído. Y me trasladaron a esa fatídica Rugby School. Se detuvo.

Me quedé inmóvil no quería que ese momento se rompiera.

Vi que le surcaban unas lágrimas y repitió: tres años… tres… tanto… tan duro. Cuando me preguntaban era incapaz de contar las noches. Sólo decía “molestias nocturnas”. ¿Entiende eso? Asentí con la cabeza.
Si hubiese estado ... a salvo de la molestia nocturna, la dureza de la vida diurna se me hubiera hecho, en comparación, muchísimo más soportable.

Odio a los varones, a los niños y adolescentes varones… Por eso me refugié en las niñas y los cuentos para ellas. Nunca les hice daño, jamás abusé de ellas. Las fotos… verlas era la paz para mí. Me dieron siempre miedo los adultos, me hicieron daño… ¿Comprende?

Sólo atiné a decir un sí casi silencioso.

El profesor de matemáticas quiso destacar que yo era un genio que debía seguir con el estudio de ellas. Y ya Oxford fue mi salvación, mi refugio. Desde que pasó todo en la Rugby School, no he podido dormir por las noches, el insomnio me ha llevado a crear complejos  problemas matemáticos y escribir libros sobre ello.

Amaba la fotografía también que me dejaba elegir escenas, personajes. Y ya cuando conocí a las hermanas Liddell, mi vida cambió por completo: los cuentos… Permaneció como perdido y siguió:

Por favor sólo usted puede ayudarme a saber qué pasó…

Voy a hacer todo lo que pueda Charles, me voy a retirar ahora para “investigar” y le comunico lo antes posible. Espéreme ¿Sí?

Asintió y volvió al  mismo estado en que lo encontré.

No había sido el primer contacto con el futuro. Ya lo había rastreado en otras oportunidades, aunque sabía que no debía abusar, ya que era respetuoso con las dimensiones.

Es así como descubro que en el año 1996, Richard Wallace publica un libro: Jack the Ripper, en donde acusa a Lewis Carroll. Realiza un estudio sustentando su hipótesis en el carácter reprimido y la infancia traumática de Dodgson y en numerosos mensajes y anagramas que descubrió en sus obras “Alicia en el país de las Maravillas” y "Silvy y Bruno” que lo vinculan con la obra del autor. Todo en este libro huele a fraude, a la necesidad de este Wallace de crear su fama y vender el libro a costa de Carroll tal como sucedió con otros que siempre han usado personajes famosos o influyentes para llamar la atención.

 Tanto es así que Wallace no reparó en los anagramas de las historias de Alan Alexander Milne tan exactos con los acontecimientos y que curiosamente cuando se produjeron los asesinatos contaba con seis años.

Hice un viaje por los años sucesivos y prácticamente nadie o muy pocos conocían a Wallace y su libro. Ahora, todo es tan claro, el triunfo de Carroll y sus cuentos, los más leídos y famosos. ¿Quién no conoce, aunque no los hubiese leído, Alicia en el País de las Maravillas y A través del Espejo o lo que Alicia encontró allí.
Sólo algunos enfermos hicieron montajes con sus fotos, creando con Alicia algún que otro beso morboso.

Era de madrugada y no quise esperar más. Su familia estaba en el salón; me deslicé hasta su alcoba vacía. Aún seguía respirando como si necesitara todo el aire de Guildford.

Geoge, le dije acercándome a su oído sano, escúcheme por favor. Lo he visto todo, nadie le ha hecho caso a ese oportunista, tengo pruebas… Lentamente abrió los ojos, le mostré un escrito donde el libro era calificado de fraude por todos los expertos del tema. Y el vacío del caso en los años siguientes. No quise mostrarle un arreglo fotográfico por más falso que fuera ya que le reportaría mucho dolor.

Sonrió… extendió una mano hacia mí, le di la mía, la apretó con toda la fuerza que tenía. Y volvió al estado anterior.

Murió ese día; su sobrino, se había quedado con sus diarios. Recogí el equipaje y ya en casa volví a leer A Través del Espejo.

“Mientras Alicia está meditando sobre cómo debe ser el mundo al otro lado del espejo de su casa, se sorprende al comprobar que puede pasar a través de él y descubrir lo que ahí ocurre.”


La caza del Snark Clic


9 de diciembre de 1875
Querida Gertrude:
¿Sabes una cosa? Ya no se pueden enviar besos por correo: el paquete pesa tanto que resulta muy caro. Cuando el cartero me trajo tu última carta, me miró con aire severo y me dijo: «Tiene que pagar dos libras, señor. Exceso de peso». (Creo que me tima. Siempre me hace pagar dos libras cuando deberían ser dos peniques.) «¡Por favor, señor cartero». le dije hincando gentilmente una rodilla en tierra (tendrías que haberme visto arrodillándome delante de un cartero; es una imagen muy bonita), «perdóneme por esta vez! Es de una niña.» «¿De una niña?», gruñó, «¿y qué tienen de especial las niñas? «Que son de azúcar y canela», empecé a decir, «y de todo lo que…» Pero él me interrumpió: «¡No me refiero a esto! Quiero decir qué tienen de bueno las niñas que mandan cartas tan pesadas». «La verdad. no mucho, francamente», dije yo con tristeza.
«Procure no recibir más cartas como ésta», dijo él, «al menos, que no sean de esta niña. La conozco bien y es bastante mala.» ¿Verdad que no es cierto? No creo que te haya visto siquiera. Y tú no eres mala, ¿o sí? Con todo, le prometí que nos escribiríamos muy poco. «Sólo dos mil cuatrocientas setenta cartas», le dije. «¡Ah!», dijo él, «si son tan pocas no tiene importancia. Lo que yo quise decir es que no escribiesen “muchas”.»
Ya ves, a partir de ahora tendrás que llevar la cuenta y, cuando lleguemos a las dos mil cuatrocientos setenta, no nos escribiremos más, a menos que el cartero nos dé permiso. Tu querido amigo,
Lewis Carroll

(Conoció a Gertrude Chataway en 1875.)

Lewis Carroll, Charles Lutwidge Dodgson (Daresbury, Cheshire, 27 de enero de 1832 – Guildford, Surrey, 14 de enero de 1898)


lunes, 4 de noviembre de 2013

Elisabeth de Baviera, Sissi y Nené.

1898 era un año demasiado movido por la Guerra de EE.UU contra España para hacerse con sus colonias de Filipinas y Cuba que ya venía desarrollándose desde el anterior.

No había podido acudir a la Habana a pesar de que Mairin Valdez no dejaba de rogarme de que fuera a estar con ella. Frágil emocionalmente y gran bailarina, había que rescatarla siempre de audaces americanos con afán de conquista. Estaba aterrada ante las perspectivas de una invasión cada vez más cercana. En febrero recibí una foto increíble del Meine acompañada por otra de la bella Mairin que aún conservo. Ese motivo me llavó a Cuba en marzo.









En diciembre había recibido una misiva:

Querido amigo:
No sé si os habéis enterado del escándalo que ha estado provocando hace tiempo un tal R. Wallace. Os necesito, a pesar de que mi sobrino Stuart ha solucionado en parte los rumores, me gustaría que vos os encargarais de “hacer justicia”.
Confío en vuestro próximo acercamiento.
Lewis Carrol


Pero tuve que trasladarme a Ginebra el 23 para para celebrar el cumpleaños al día siguiente y pasar las fiestas con la Duquesa de Baviera, esa Sissi que el tiempo y la historia dejó como princesa de cuento.

Isabel, la de los pocos amantes, insatisfecha y siempre buscando emociones. Anoréxica, bulímica. Una personalidad que he visto repetirse en reinas consortes llegadas, aunque con alta alcurnia, de hogares campestres a casas reales estrictas y de componente fuerte materno.

Tuvimos tiempos felices, pocos entre tantas depresiones y ansiedades. No paraba, le rogaba después de cabalgar más de dos horas que descansara; desde las 5 de la mañana, una lucha infatigable por los deportes, la gimnasia, caminar horas interminables. Comer poco. Ese pelo hasta los tobillos, tan largo… Nunca pude comprender el significado

Hablábamos de muchas cosas, tantas. Como siempre lo más íntimo, lo que debe seguir a oscuras. Durante años borré sus palabras del pensamiento y guardé su imagen, tan bella.

Aquella alcoba en Corfú, una noche de madurez con Francisco lejos contoneando una cintura de avispa. Una vez y la luz mortecina con los cuerpos inmóviles. Sólo las voces y los miedos.


Estaba muy drogada y hablaba de tiempos sin acabar. La acomodé en el lecho donde seguía la historia que la identificaría siempre con cortes y espacios que hacía tanto sabía rellenar.
Acerqué el sillón, me pidió la mano. Me dijo, no hables; quiero que me escuches, que me saques de aquí. Secuestra a mis niños, mata a esa arpía… La voz se iba apagando con las manos apretadas, apenas sentía el pulso y la tragedia en su interior. No podía matar, aunque la sangre se alborotó ante la perspectiva de acabar con Sofía. No pudo ser, cuando clareaba me incorporé, la miré con cierta culpa y le di la espada.

Guardé para siempre una gran colección de poesías donde buscaba una respuesta y solución al destino en una elipse. Las demás fueron escondidas en Suiza y firmaba con el pseudónimo de Carmen Sylva:

"Sentada en la orilla, demasiado tiempo estuve mirando. / El murmullo de las verdes aguas era fascinante. / La tentación se me acercó, demasiado seductora, / obligándome a escuchar las mágicas palabras de las ninfas. // Y cada ola me murmuraba dulcemente: / Deja por fin que tu agotado cuerpo / Encuentre calma y reposo en nuestras aguas de jade, / Este instante liberará a tu alma. // La hora de la tentación ha terminado / Y, cobarde como un perro, regresé".

Teníamos en común el amor por los bosques y los paseos y luchábamos contra las trampas para los animales en aquellos tiempos de Munich cuando salíamos con Nené, una jovencita muy dulce, su hermana ya preparada para el matrimonio.

Con los años, y después del rechazo de Francisco José, me mantuve más pendiente a Nené, Elena, y su vida que en esos momentos alegres, el devenir era insospechable. Que esa mujercita de aspecto bastante varonil y a su vez frágil, pudiera soportar tanto dolor y tan tanta pérdida…

Cuando se casó con el bueno de Maximiliano y fueron naciendo los niños, los cuatro, todo prometía una vida feliz y a su gusto. Pero Maximiliano murió de una enfermedad que no pudieron combatir antes de los 36 años. Recuerdo ese día y su desesperación.
Después todo se iba desmoronando y tuvo que acceder al trono su hijo a los 21 años que muere por salud frágil, hereda su hijo menor que aún no había cumplido la mayoría. Parecía que su hija Isabel le iba a devolver algo de serenidad con una nieta, pero murió al poco tiempo de dar a luz a los 21 años. Todos estos hechos que le causan desesperación desembocan en locura.

Isabel, estuvo todo el tiempo con ella cuando su grave enfermedad y recuerdo que el funeral estuvo impregnado de un gran dolor esparcido hacia todos los habitantes de Ratisbona. Tenía 56 años.


Cuando Francisco se decidió por Isabel y no por Nené, por ese “algo” especial que tenía, entonces es cuando recibo letras tristes, dramáticas: "hace mucho tiempo que he muerto ya…" llegaba a decir. Pero salía la amazona y la libertad parecía apropiarse de ella. Aún el sufrimiento por sus hijos y esa suegra que se los arrebataba…

Su cumpleaños, 61 ya, y las fiestas fueron como en los últimos años después de la muerte de su primo Luis II y el suicidio de su hijo Rodolfo, vestida de negro, con la angustia y la hiperactividad mano a mano. Sin una sonrisa por la dentadura, con pánico a verse vieja. No pude tener el recuerdo de su cara, se negó a las fotos, igual que hacía casi 30 años.

No me miró ni una sola vez… No me dirigió la palabra. Alguien me dijo que seguía abusando de la morfina y la coca.

Esta es mi pintura predilecta, el recuerdo de aquellos años En Possenhofen cuando nos sentíamos libres.


Decidí tomarme unos días en Viena hasta el aviso sobre el estado de Carrol que había empeorado de la gripe en esos primeros y helados días de enero y tenía pulmonía.

Es así como me dirijo a Guildford